jueves

No están en los libros de historia, algunos no visten uniforme, pero de igual forma están ahí cuando otro los necesita. Son héroes anónimos que no creen serlo, que no buscaron serlo.
No los encuentras en cualquier parte, lo cierto es que una sociedad como la nuestra donde prima el valor individual por sobre el comunitario, devastado por la desconfianza en las relaciones personales, es difícil coincidir con uno de ellos.
Van por la vida como todos y cada uno de nosotros, pero a diferencia de la mayoría, ellos son los que no dudan en tender una mano cuando otro los necesita.

El 8 de enero pasado, cerca de las 1 de la madrugada nadie encontraba al corredor chileno del rally Dakar Carlo de Gavardo. Cerca de las 9 de la noche del día anterior había transmitido su último reporte a solo 30 kilómetros del fin de la quinta etapa del encuentro argentina chile 2009. Dónde estaba era lo que todos se preguntaban, muchos dijeron que esa había sido una etapa sangrienta, pensaron lo peor.
Mientras unos preparaban ya la siguiente etapa y otros luchaban desesperadamente por llegar a la meta Carlo de Gavardo con un buen ritmo entre los primeros 40, se detenía en medio del desierto para salvar la vida del que podía haber sido uno de sus tantos contrincantes.

El panorama de la quinta etapa había sido desolador. Autos incendiados, camiones volcados, pilotos heridos, eran parte del dantesco escenario único paisaje durante el trayecto iniciado en Neuquén.


Así como esa noche helada de granizos en las dunas de Nihuil en argentina de Gavardo se detuvo ante la necesidad de salvar un otro, de rostro desconocido que solo logró identificar hasta tres días después del accidente, existen otros héroes anónimos que hacen de esta práctica generosa y desinteresada, su vida, su trabajo y pasión. Una tarea diaria dedicada a personas que no conocen, y que mucho menos son parte de sus vidas.

Visten de rojo y salen de sus casas todos los días sin saber que les deparará el destino. Visten sus uniformes con orgullo y salvan vidas como parte de un trabajo voluntario. Sin pedir nada a cambio sin pensar en ellos mismos muchas veces.

Suena la sirena y ya está, el resto es historia. Ninguno viste el uniforme porque si, a nadie lo han llamado para servir, a ninguno le pidieron que fuera bombero. Es como dicen ellos un estilo de vida, un sentimiento que fluye de cada uno, una necesidad de estar ahí cuando la emergencia y el dolor ajeno llaman.


Son más que hombres de fuego. Asisten accidentes, rescatan a los heridos, se la juegan por personas de rostro desconocido, saben que su misión es que ellos, los protagonistas de la tragedia, estén a salvo.
Muchos de ellos tienen hijos, trabajos, familias y responsabilidades, pero cuando el timbre suena la responsabilidad manda y con la premura de la emergencia calzan sus botas y a correr.
Con la celeridad que les fue enseñada visten el uniforme y encima de sus hombros la responsabilidad de llegar a tiempo. Hay personas, hay tragedias esperándolos.

Quijotes del a vida real pueden decir unos, otros hombres y mujeres de la vieja escuela.
Esa que hablar de ser normal, amar al prójimo como a uno mismo o tan solo poner barreras a que la codicia de la libertad individual mal utilizada nos invada. Nelson Bahamondes no se dejó llevar, Nelson Bahamondes el hombre que murió salvando a otros.

Nueve eran los tripulantes que ciegamente confiaban en sus manos, en sus 40 años de experiencia. Ninguno esperaba que ese retorno a casa el 7 de junio pasado, se convirtiera de la nada en una horrible pesadilla. Llovía copiosamente y nada pudo evitar que el cessna 208 se precipitara a tierra, pero la valentía y la expertiz de Bahamondes lograron que su tripulación se salvara y resultara ilesa ante la catástrofe. Su propio cuerpo resistió el gran impacto, y aun así agonizante siguió guiando sus pasajeros sobre las copas de la selva hacia una caída blanda.

Era una mañana de noviembre cuando hace dos años en el Puente Quelén de la comuna de Cañete, la tragedia hizo acto de presencia y el dolor fue su compañera.
Cuando el bus que transportaba a los miembros de la Banda Instrumental del Regimiento de Infantería numero 7 "Chacabuco", se precipito contra el río muriendo varios de sus integrantes. Ese día, el Carabinero Castro San Martín, puso en riesgo de muerte su propia existencia, al sumergirse una y otra vez sin el equipamiento suficiente, en las frías aguas del Tucapel. Su propósito estaba claro, socorrer a las víctimas y traer junto a las familias los cuerpos de los fallecidos… no estaba de servicio, no era su obligación.

Historias que nos retornan las confianzas en las personas. No estamos solos, hay un otro
que a pesar de encontrarse en esta vida tan competitivo y tan duro trae consigo la esperanza de un mundo mejor.

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