
Aprietan el gatillo y como un fantasma su rastro se pierde en un manto de dudas. Cobardes que salen corriendo. Muchas veces e incluso cuando no apuntaron o no dieron en el blanco correcto.
Son los protagonistas de una realidad violenta extrema y vengativa. Deambulan por poblaciones donde ni la fuerza pública se atreve a ingresar. El peligro se siente en cada paso y los ruidos de balas perdidas son parte de la música que acompaña día tras día a estas tierras comandadas por unos pocos, donde la ley del más fuerte es la que por la vía del terror, se cumple a tabla rasa.
Son delincuentes, soldados de peligrosos narcotraficantes. Lo más seguro es que caminen como dueños de las aceras, armados, van cobrando deudas pendientes. Tiros al aire sin la menor consideración, pueden dejar en el camino victimas de las circunstancias. Muchas veces niños inocentes, viendo televisión, tomando la leche o chateando en un cibercafé encontraron de frente a la muerte. Victimas circunstanciales de cuentas pendientes de otros, de odios y rencores de otros, victimas inocentes de la crudeza de la calle.
Violentas peleas y ajustes de cuenta han cobrado la vida de inocentes. Niños heridos a bala, la mayoría menores de 15 años, dan testimonio de lo vulnerable que se ha convertido vivir en ambientes de precariedad social y policial, y del poco valor que se le da a la vida. Los niños ya no son respetados.
La vida a ellos se les fue por una crueldad, durante los últimos tres años en Chile se ha identificado un aumento en la cantidad de niños que han fallecido en manos de esa bala que tenía otro nombre, de esa bala eyectada en nombre de la venganza.
La historia policial chilena confirma que entre el año 2005 y el 2008 16 niños fueron mártires de injustas circunstancias. En su mayoría niños heridos en poblaciones del sector sur de la capital.
En su propio barrio a un par pasos de sus casas trágicamente murieron en plena calle a balazos victimas de una violencia inusitada.
El 6 de abril del año 2008, la pequeñita de tan sólo un año de vida Isidora Gutiérrez Sandoval descansaba en los brazos de su madre cuando un tiro, impactó directo en su cabecita provocándole la muerte. Sergio el papá de la bebita había ido hasta la calle Benozzo Gozzoli en la comuna de san Joaquín, para recoger a un sobrino de una fiesta. Mientras en la puerta unos jóvenes lo obligaban a dejarlos entrar, intentó explicarles que no tenían nada que ver con la celebración, pero fue inútil. Cerca de la una de la madrugada Sergio aburrido de los jóvenes tomó su vehículo encendió el motor y el auto comenzó a andar. Momentos en los que Roberto Castillo de 23 años sacó un arma de fuego disparó contra el asiento del copiloto alcanzando a la pequeña Isidora.
El acusado de realizar el disparo está en prisión preventiva por el homicidio. El juicio sigue en curso y aún no hay sentencia.
Tan sólo 8 años tenía Nelson Merino Jorquera cuando una bala loca terminó con su vida al interior de su propia casa en la comuna de Renca.
El día 23 de octubre del año pasado una madre lloraba con el dolor más inmenso la partida de su hijo, el mismo que vio nacer a sus 18 años cuando tuvo que vender hasta remedios en la calle para darle que comer.
Maricel su madre no pudo decirle a tiempo que se cubriera, una bala entró por su nuca y salió por su mejilla derecha. Mientras el pequeño Nelson dejaba esta vida terrenal unos pasos más allá los asesinos, sin haber visto jamás la cara de su victima, se retiraban del sector caminando descaradamente con sus pistolas en la mano. Los matones se encuentran en prisión preventiva, aun no terminado la investigación.
Jamás pensó que al salir de su casa rumbo al cibercafé, jamás volvería a ver a sus seres queridos, que no volvería a entrar en su hogar. Iba solo a dos cuadras de distancia, qué podía sucederle. Amaba la música mexicana, le decían el rancherito y cantaba en festivales y en eventos comunitarios. Hasta que un día queriendo grabar un cd con su música la muerte lo encontró y tras la explosión del gatillo anidada en las manos de un adolescente, un soldado del narcotráfico en aquel 30 de noviembre fatal, el año pasado.
Pero en este mar de sangre hubo unos, los que sobrevivieron, los que se salvaron, entre ellos el emblemático caso de Heissel Manríquez.
La que a sus 13 años logró salir con vida de un ataque cruel. En diciembre pasado Alejandro Manríquez padre de la menor compartía en compañía de su hija el partido de fútbol de su primogénito. A las seis de la tarde, cuando el juego de barrio ya había empezado, unos tipos armados entraron disparando a la cancha. La rabia después de haber perdido un encuentro anterior motivó una lluvia de balas, uno de esos tiros fue a parar en su ojo izquierdo y después salió por su cráneo. Fue un verdadero milagro.
Son juegos de calle, deudas que pagan inocentes. Armas que son cargadas y disparadas desde la inconciencia, tiros al aire que acaban con vidas inocentes de conflictos ajenos.
1 comentarios:
Bien trágicos tus relatos. Son historias de inocentes sin control sobre su futuro que alguien decidió terminar. Una verdadera tragedia es también el hecho que esos casos aún sigan investigándose y que la justicia no haya dictado sentencia alguna.
Publicar un comentario