
Sólo cliquié por una fotografía y sin conocer a cabalidad de que se trataba en dos días este hombre se me apareció en tres páginas distintas… qué significa… ahh muy simple, el fotógrafo debe ser en este momento el más popular de su círculo profesional más íntimo.
Quién sabe, pero lo cierto es que el hombre de la fotografía goza de uno de los mayores privilegios de la India. Y sí, tomando en cuenta que es conocida la severa distinción de castas, él, a pesar de ir sólo vestido y calzado con cenizas, es un ser espiritual, de luz. Es un hombre sagrado…
Se los llama Sadhus. Ellos han entrado en lo que se denomina como la cuarta fase de vida. Ya han estudiado, han sido padres y también han peregrinado. Es aquí en la cuarta fase donde renuncian a todo lo que tenga que ver con la tierra y con lo material.
Cortan con todo lo que han sido antes, con los hombres que fueron, incluso hasta con sus propias familias. Están incluidos en la sociedad, pero deben ignorar los placeres. Así como también los dolores humanos.
Habitan cuevas, bosques y templos por toda la India. Viven de la caridad del prójimo, están obligados a mendigar sus alimentos.
Respetados, admirados y también temidos. Los Sadhus actualmente pueden ser entre 4 a 5 millones, pero no todos son iguales. Están los Ramanandis, Nagas, Naths y Udasin, entre otros.
Los Nagas son los más importantes, se mantienen desnudos y cubiertos por lo que se conoce como ceniza sagrada o “vibhuti”, mantienen sus cabellos largos en rulos llamados “jata” muy similares a los dreadlocks.
En su mayoría los Sadhus siguen el vegetarianismo como rutina alimenticia. Los Ramanandis comen sólo fruta, arroz y algunos vegetales silvestres. Incluso, existe una vertiente de Sadhus perteneciente de los Ramanandis que sólo se alimenta de leche: los Dudhadharis.
Las pruebas para estos hombres en su búsqueda de la iluminación del espíritu no son para nada sencillas. Penitencias como no sentarse en 12 años, se suman a las de estrictas dietas alimenticias como comer sólo una banana y una taza de leche al día, hasta ayunos cada diez días.
Van por la vida tratando de invertir los valores, ir al revés de los humanos, como una forma de acelerar el estado de divinidad.
Se cree que las cenizas les sirven como desinfectante natural y que los protege del frío y del calor.
Comienzan a estudiar como mantener el poder de su mente y cuerpo hasta tener el control sobre ellos y llegar a ser maestros de yoga.
Van por las calles bendiciendo a quien encuentran su camino, entregando enseñanzas a su paso. Se cree que son capaces, de a través de los ojos de quien es observado, ver y leer su alma.
Los motivos que guían sus caminos están descritos por los colores que acompañan sus cuerpos. El blanco es para los renunciantes, el rojo o el amarillo se entiende de prácticas tántricas, y el azafrán simboliza la castidad.
Despojarse de todo lo que han conocido durante su vida, para quedar en compañía de lo más básico, y desde ahí aprender a conocer cuerpo, mente y alma, que si bien los han acompañado por siempre, pero que a pesar de los años vividos, poco o nada saben y comienzan a descubrir en esta la cuarta etapa de su vida.
El reconocimiento de las emociones, necesidades sin adornos, sin motivaciones ni estímulos externos. Nada más que por medio del sacrificio, saber de que están hechos y que los límites son tan sólo meras imposiciones.
Aunque como en la mayoría de las historias cada moneda tiene su cara y cruz. El caso de los Sadhus no es la excepción. Así como existen quienes han pasado de pie por 12 años como camino a la divinidad, que visten un taparrabos y ceniza en su cuerpo, hay otros que se han dejado tentar por los lujos conseguidos por su carácter de deidad dentro del sistema social, siendo identificables por notorias muestras de despilfarro –abrigos de pieles, autos de lujo hasta líos de faldas- y sus importantes conexiones políticas. Sin embargo, son minoría.
1 comentarios:
Interesante nota, siempre me ha llamado la atenciòn la voluntad de esas personas que estàn dispuestas a encontrarse con lo espiritual y lograr una conexiòn que para la mayorìa de nosotros se ve lejana.
Aunque yo preferirìa ser un Samurai.
Saludos Carolina
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